jueves, 24 de enero de 2013

Capítulo diez



La luz del día hirió sus ojos. Había amanecido, y la luz del sol se filtraba por entre las persianas descorridas. Despegó los párpados e intentó mirar en derredor. Se reconoció en la habitación de huéspedes del segundo piso, donde había pasado la noche junto a Heath.
¿Heath?
Silencio. Soledad.
Se incorporó entre las almohadas. Sus sábanas estaban frías y libres del perfume de su cuerpo níveo. Algo había cambiado dentro de las paredes de la habitación, algo tangible.
-¿Heath?
No se oyó más que el eco de su propia voz. Y luego se hizo el silencio, implacable y frío como un campo de hielo.
Se levantó de la cama y deambuló por el cuarto, desnuda. El vacío era tangible, respirable.
— ¿Heath? ¿Dónde estás?
Pero no hubo respuesta. Recogió sus ropas del suelo y cubrió su cuerpo. Las ropas de Heath también estaban ahí, pero ya no despedían perfume alguno.
Su pulso se agolpaba en sus sienes.
Se acercó a la ventana y oteó la calle Livingstone, húmeda aún por la lluvia de la noche anterior. El sol brillaba, sereno y distante, indiferente, como un rey que observa a su pueblo desde su trono lejano. Los árboles extendían sus ramas a lo largo de la calle, los charcos reflejaban las enormes fachadas de concreto. Pensó en aquella vista como en una imagen impresa en papel cuché.
Abandonó el cuarto para buscar a Heath.
-¿Heath?
Se dirigió a su cuarto, la puerta entreabierta reveló un interior revuelto. Sus pertenencias yacían repartidas por la habitación, aunque faltaban sus maletas y sus prendas más gruesas.
-Heath -suspiró. No era un llamado sino una despedida. Su partida era tan obvia que el sólo pensar en ello la hería de una forma inesperada. Se había ido, y sin él, su perfume y su misterio tampoco estaban.
Bajó las escaleras y se dirigió al salón. Se arrellanó sobre uno de los sofás, junto a la chimenea.
¡Se había ido! ¡Se había marchado una vez más, llevándose su aliento, su energía, sus latidos, sus suspiros, todo!
Sin Heath ¿qué quedaba? ¿Qué quedaba si ella se lo había entregado todo? ¡El vacío, la soledad!
Sintió que su respiración se cortaba y ya no tuvo fuerzas para mantener su estabilidad. Cayó de rodillas frente a la chimenea apagada. Los leños estaban consumidos, el calor se había ido, y el fuego, extinto.
Se tumbó en el suelo y abandonó su mente al silencio sepulcral. Su mente era un barco a la deriva en medio de la calma, en medio de una quietud desgarradora, desconcertante, fatal.
No fue consciente hasta que oyó la puerta.
Se incorporó con lentitud y caminó hasta la puerta. Abrió. Arqueó una sonrisa mecánica y paseó sus ojos por el rostro de una joven bella y pelirroja.
—Hola.
—Qué tal. Mi nombre es Arlene. Vi el letrero que dice «posada» ¿Hay cuartos disponibles?
« Disponible… Estas puertas merecen estar disponibles únicamente para él, para sus ojos de amatista y su sonrisa de dios heleno…»
Pero la temporada estaba siendo terrible, la gente ya no acudía a las posadas como en los días de esplendor, ahora preferían aquellos hoteles enormes, vistosos e impersonales. La casa pasaba vacía la mayor parte del tiempo y todas las habitaciones estaban disponibles. Incluso la de ÉL.
-Claro, adelante.
Lo siguiente fue mera rutina, actuar por actuar, como si a cada acto se le hubiese arrancado el sentido. Condujo a su nueva huésped hacia uno de los cuartos de la segunda planta, le enseñó el resto de la casa, hablaron de dinero, de fechas, del clima, de la tranquilidad irrisoria que reinaba en la calle Livingstone.

A veces, cuando el dolor la atacaba y resurgía la idea de la soledad absoluta, salía a caminar. Caminaba cuadras enteras, los ojos perdidos, los labios sellados y un paso tan urgente que a menudo daba la impresión de estar acudiendo hacia alguna desgracia. No importaba el frío, no importaba la lluvia, era necesario caminar, caminar y caminar. Olvidar.
El dolor a veces cesaba, cuando estaba ocupada, dándole de comer a la abuela o charlando con su agradable inquilina. También cuando estaba frente al televisor encendido o con los audífonos del reproductor de música puestos. Pero después regresaba. Podía volver por las noches, mientras se batía contra el insomnio, o podía volver de día, cuando estaba quieta, cuando su mente se despejaba. El dolor le embestía, la arañaba, la dejaba malherida. El dolor era tan fuerte que sólo encontraba alivio caminando, caminando…
La nieve aquel invierno la tomó por sorpresa. Tal vez había estado demasiado ocupada evadiéndose de su dolor que no notó cuando las primeras heladas empezaron a intensificarse. Noche a noche se dormía pensado en cosas fútiles, ahuyentando de su mente el resplandor de aquella mirada violeta y el dulce bemol de su voz. Mientras, afuera, con dulce serenidad, nevaba. Los copos caían cual blancos pétalos helados. Un día, por la mañana, al descorrer las persianas, se halló con que todo había sido tapizado por la nieve.
Placer de placeres: caminar descalza sobre la nieve. Rodar en pijamas por una colina empinada y cubierta de nieve. Recostarse sobre esa superficie fría y esperar a ser absorbida, arrastrada hacia las congeladas entrañas de la Tierra.
¡Sólo la nieve podía calmar ese dolor lacerante como el de una quemadura al rojo vivo! ¡Tan sólo un frío glacial podría calmar el dolor de una vida sin Heath!

¿Era el invierno siempre tan triste en la calle Livingstone?
—Roxanne, hay un oficial en la puerta, dice que quiere hablar contigo
Bajó las escaleras y se dirigió a la sala, donde le esperaba Arlene junto a un oficial de policía, un hombre de mediana estatura y complexión firme. Lo reconoció enseguida, se trataba del comisario Hans Reismann.
—Roxanne, me da gusto verte. Me enteré de la desaparición que notificaste en la comisaría. Decidí venir personalmente porque creo que hay un error en el tipo de denuncia...
-No hay error, comisario. Agradezco que haya venido hasta aquí.
-No podía hacer menos. Pero dime ¿Se fue sin pagar este sujeto?
-Pues... -en efecto, Heath se había marchado sin siquiera pagar- No, no. Dejó el dinero en la habitación. Pero no se llevó todas sus pertenencias, sólo algunas.
-Pero era un inquilino. Los inquilinos suelen marcharse cuando más lo desean. No suelen dejar sus cosas por allí, pero... nada parece indicar que haya sido forzado o secuestrado. Lo que si llamó mi atención es que no existe ningún registro de algún Heath Knightley tal y como tú lo describes.
-Es europeo. Viene cada cierto tiempo...
El comisario Reismann la miró por unos instantes con incredulidad.
-Y ¿de dónde es, exactamente?
-Es... inglés.
Al cabo de cuatro minutos la entrevista hubo terminado. La denuncia era improcedente.

Lejos, muy lejos. Él estaba muy lejos. Por más que estirara el brazo no conseguía alcanzarlo. Aún estaba muy lejos.
La nieve caía, fría, grácil, ligera. La luz del amanecer apenas traspasaba la doble cortina de nieve y niebla. A lo lejos se oía su voz melódica como el canto de un ruiseñor. Extendió los brazos para disipar la niebla, pero ésta se hacía cada vez más densa, cada vez más tangible.
Su figura apareció de pronto, algo borrosa, recortada contra un árbol.
Caminó hacia él con los brazos extendidos, como una ciega. Era ciega en medio de la niebla y caminaba hacia el sol, hacia Heath. Pero, de pronto, Heath desapareció, y sólo quedaba la niebla que se disipaba poco a poco, dando paso a una oscuridad absoluta.
El sudor empapaba sus sienes. Su pecho ardía y su respiración se volvía cada vez más dificultosa. Se llevó una mano a la cara. Temblaba.
—¡Arlene! — Su voz era lívida.
Se levantó. Caminó a tientas hacia la puerta y salió al pasillo entre la oscuridad de la medianoche.
— ¡Arlene!
Bajó las escaleras con cuidado. Se fue hacia la puerta principal. Afuera, la nieve seguía cayendo fina, grácil, ligera.
Un pie, luego el otro. ¡Qué sensación tan grata la de caminar descalza sobre la nieve! Otro paso, y otro. El fuego no se extinguía. Otro paso, y otro más. El fuego pugnaba por seguir ardiendo. Otro paso, y luego…
— ¡Roxanne!
Fue ése, exactamente ése, el minuto cuando el fuego salió desde su interior. Salió desde su vientre, desde sus órganos más internos, y vino a desembocar como un chorro ardiente por su entrepierna.
Cuando miró, el fuego salía y salía como una llama líquida y purpúrea, eterna, imparable.

¿Lo dijiste?
Antes de irte, antes de que decidieras caminar hacia la puerta y abandonarme ¿dijiste que me amabas?
Tan sólo una palabra bastaría para toda una vida de resignación. Intentar olvidarte, vivir una vida tranquila y vacía como la que llevaba antes de que tú aparecieras. Tan sólo una palabra.
Te fuiste. Me dejaste sola. ¿Me besaste antes de partir? ¿Susurraste a mi oído alguna declaración de amor?
¿Me amas?
Día a día, noche a noche, pienso en ti. Cada vez que tu nombre aparece en mis labios pierdo un poco más la razón. De un momento hasta ahora, mi vida ha llegado a depender de tu respuesta. Te necesito. Necesito encontrarte y preguntártelo a la cara ¿Lo dijiste? ¿Dijiste que amabas?
¿Me amas?

Arlene apareció en la puerta de su habitación cargando una bandeja con el desayuno muy temprano por la mañana.
—Buenos días.
Roxanne abrió los ojos con lentitud e intentó incorporarse entre las almohadas y desperezar sus miembros.
—Arlene, no tenías que…
—No te preocupes- le interrumpió- El médico dijo que debías guardar reposo ¿lo recuerdas?
—Ah, sí… el médico… —replicó, bajando la mirada.
« El médico…» repitió en su interior con un tono de lamento.
El doctor había entrado, con su bata siempre pulcra, los anteojos bien puestos y el cabello peinado hacia atrás. Traía puesta una mascarilla y unos guantes blancos, lo cual le daba un terrible aspecto de carnicero.
Se había acercado y la había saludado ocultando una sonrisa bajo la mascarilla, enseguida había retirado las sábanas que le cubrían y había comenzado a examinarla.
—Doctor…dígame ¿paró ya de nevar?
El doctor había levantado la vista y le había dedicado una mirada de extrañeza.
—No, no aún.
—Oh.
Dos segundos de silencio.
—Dígame ¿el bebé…? —pero no pudo terminar la frase porque su voz se quebró y hubo de esforzarse para no llorar.
— ¿Perdón?
Ella lo traspasó con una mirada llena de dolor.
—No había ningún bebé. Lo que sufriste fue una hemorragia sorpresiva, por lo que parece ser una endometriosis, no un aborto. No estabas embarazada, Roxanne.
Aquella última frase quedó rondando en su cabeza por el espacio de un minuto. No estaba embarazada, no llevaba un pedazo de Heath en su interior. Y todo ese tiempo ella había albergado la esperanza de que…
¿Qué clase de destino tan implacable y cruel era aquel que la condenaba a una soledad tan absoluta?
No estaba embarazada. No lo había estado nunca. La hemorragia experimentada hacía dos noches no había sido un aborto. No había bebé. Estaba sola. Siempre lo había estado.
Y entonces ya no era el dolor de una pérdida lo que sintió sino el dolor aún más intenso de no haber perdido nada, de no haber tenido nada.

—¿Roxanne?
—Sí, sí. Pon la bandeja por ahí, luego comeré. Necesito ir al baño.
—Está bien, ahora te ayudo.
—No, no. No te preocupes, estoy perfectamente. El doctor dijo que necesitaba descanso pero que estaba bien ¿lo recuerdas? No tengo endometriosis, como lo sospechaba. Estaré bien.
—Estaré abajo, por si me necesitas.
Dicho esto, depositó la bandeja sobre la mesita de noche y se deslizó por la puerta.
« Pobre chica», pensó mientras bajaba y se iba hacia la cocina. Estaba segura de que todos los males de Roxanne tenían su origen en esa pena tan grande que albergaba.
Era hora de alimentar a la abuela de Roxanne. Sirvió sopa en un plato, lo puso en una bandeja de madera, dispuso los cubiertos y un paquete entero de servilletas de papel y volvió a subir.
Judith la estaba esperando, despierta.
Arlene se quedó mirándola un rato desde la puerta antes de entrar.
—Qué tal, señora Judith.
Por momentos parecía que iba a responder. Sus ojos aún conservaban la vitalidad de la gente joven y sus facciones eran las de una mujer madura y no las de una anciana decrépita, como las que usualmente veía en Grit Town.
Grit Town. ¡Cómo odiaba ese pueblucho! Imposible no hacerlo, era tan insignificante, tan pequeño, la clase de pueblucho donde todo el mundo se conoce, donde los chismes vuelan.
« —Oye, oye. ¿Supiste la nueva historia sobre la hija de Mary Alice Compton, perdón, Beckett? Oí decir que se ligó al profesor de historia… ya decía yo que nada bueno se podía esperar de esa chica, mira nada más de dónde viene, hija de una cantinera de cascos mal ajustados y de quién sabe quién más… » « — ¿Te enteraste ya de lo último, que el esposo de Mary Alice se está acostando con su hija, con esa tal Arlene? Ya se adivinaba que a la chica le daría por menearle el trasero a su padrastro, ese camionero de San Francisco, que bien decía yo que no traía muy buenos hábitos…»
Qué fácil era para ellos hablar de aquello, así como especular e inventar las historias más insólitas. Pero en su momento, nadie estuvo allí para  impedir que ese degenerado…
Arlene se repitió a sí misma que no valía la pena recordar aquellos desagradables episodios. Mujeres murmurando, hombres que la miraban con una mezcla de lujuria y desprecio, niños que evitaban mirarla de frente. Y su padrastro, su asqueroso padrastro.
Aquella tarde, llegando del colegio, había encontrado a su padrastro solo en casa.
— ¿Así que te gusta enseñarle tus cosas a ese tipejo, eh? Ya te enseñaré yo... –había balbuceado en medio de su borrachera, mientras la devoraba con su mirada.
No, no valía la pena recordar ese incidente. La imagen de su padrastro con cara de perro viejo y hambriento, los pantalones abajo y esa cosa rígida, repugnante, entre sus piernas, era un cuadro demasiado desagradable.
Peter había llegado mucho después de la violación. La había encontrado en el baño, con el rostro ensangrentado, y los ojos hinchados. Su entrepierna también sangraba. Cuando le preguntó qué había sucedido ella le escupió sangre y saliva en el rostro. Él la ayudó a ducharse y a vestirse y después la llevó hasta su cuarto. Necesitaba dormir. Para cuando despertó el rumor de que Arlene se revolcaba con su padrastro ya había sido puesto en circulación. Y entonces ganó el título de la ramera del año de Grit Town. 

domingo, 21 de octubre de 2012

Capítulo Nueve

« Maldito energúmeno », pensó Arlene, mientras se alejaba del coche. El estruendo del portazo que acababa de dar aún repercutía en sus oídos.
— ¡Más despacio, zorra! 
Ella se había detenido un instante, crispado los puños hasta incrustar sus uñas de acrílico en las palmas y pensado en mil y un insultos con los que hubiese podido contraatacar. Pero antes de abrir la boca había preferido seguir andado y alejarse de aquel maldito energúmeno de una buena vez.  
—Lo siento, Arlene, no quise, pero… Arlene ¡Arlene! ¡Vuelve, Arlene! ¡Arlene!
Pero Arlene caminaba ya muy lejos, demasiado furiosa y demasiado herida como para volver sobre sus pasos y dialogar con él.
« Energúmeno, sólo piensa en sexo y en aventuras. Tiene un par de testículos extra metidos en el cerebro »
— ¡Arlene!
La voz de Johnny sonaba ahora distante, como si se hubiese detenido, cansado ya de seguir sus pasos, y gritara desde un punto fijo.
— ¡Arlene!
Más lejos.
Las calles de aquella urbe cuantiosa se ofrecían como los pasadizos de un laberinto bajo un cielo gris. ¿Qué sucedería si se extraviaba en aquella ciudad enorme y desconocida? ¿Qué cara pondría Johnny frente a sus padres para explicarles que su hija estaba perdida en algún rincón del Estado de Pennsylvania, a cientos de kilómetros de Grit Town?
Siguió caminando al mismo ritmo, pero ahora más insegura que antes. Intentó no pensar por un instante mientras doblaba en una esquina al azar y se metía por una callejuela estrecha.
Johnny debía estar mordiéndose los labios, como hacía siempre, y rascándose el cráneo, presa del nerviosismo. Se lo merecía, por haberla llamado zorra y por haber propuesto una cuota de sexo como recompensa por haberla sacado del soleado agujero en que vivía. Se lo merecía por ser un tonto de nacimiento.
“Pero la tonta más tonta de todas soy yo, por haber creído que ese idiota de Johnny Patterson podría darme algo mejor”
Arlene no se había detenido a pensar en lo tonto que era Johnny aquella noche antes de subirse a su reluciente volvo azulado y despedirse para siempre de aquel pueblucho reseco que se pierde entre los ardientes valles del oeste. Ella sólo había mirado al otro de la calle y visto la triste fachada de aquella casa californiana con sus cretonas desvaídas y su porche de tablas agrietadas y hasta podridas. Él había extendido su mano y le había ofrecido una aventura al otro lado del país: “Seguiremos a los Kremlins en su gira por Nueva Inglaterra, igual que nuestros padres siguieron a los Beatles”. Ella podría haber contestado que sus padres nunca siguieron a los Beatles, porque estaban muy ocupados secando el sudor de sus frentes y rascándose los callos de las manos, pero en vez de eso, había puesto cara de estúpida y se había montado en aquel flamante asiento de copiloto revestido con piel de leopardo.
Estando ahora a cientos de kilómetros de Grit Town y de su “familia”, no podía arrepentirse por haber fingido aquella expresión de ingenuidad y haberse fugado con el chico más rico del pueblo. Johnny, después de todo, había cumplido su objetivo: la había sacado gratuitamente de aquel pueblo miserable, la había  alejado de su horrenda familia y de su padrastro, que la manoseaba desde los ocho años.
 Sin ser consciente de ello, Arlene se detuvo de pronto frente a una alta y algo desvencijada construcción. El porte de aquella fachada le pareció desproporcionado en relación al resto de las construcciones y el aire de abandono con que se erguía desentonaba con la pulcritud con que estaban arregladas las otras casas. Miró hacia los ventanales del primer piso, sucios, y luego hacia el desaliñado letrero colgado a un lado de la puerta, en que se leía: “Posada”, como en las películas de ambientación histórica.

martes, 7 de agosto de 2012

Capítulo ocho (II)

Dio una última mirada hacia atrás antes de virar en la esquina y no vio otra cosa más que sombras. La calle Livingstone había sido tragada por la niebla, como aquella pradera que había sido tragada por la niebla densa hacía unos momentos atrás, en su sueño.
Caminó por una calle vacía y como adormilada. A medida que avanzaba, su paso se iba haciendo más y más ligero, como si levitara, como si su cuerpo fuera ascendiendo hasta sumirse en un estado más y más sobrenatural.
La niebla volvía a estrecharse contra su cuerpo, cercando su paso como si desease retenerle, pero su cerco blanquecino no tenía el poder de aprisionar al emisario de la muerte.
Cruzó en la intersección de una avenida que no alcanzó a reconocer. La noche transformaba las calles que, con toda seguridad, había transitado esa misma tarde. Dobló nuevamente en una esquina y subió por una calle amplia y en pendiente. Muy a lo lejos vislumbró una silueta oscura e imprecisa, una sombra indefinida sobre la acera, unos doscientos metros más adelante.
Subió la cuesta. De cerca, aquella silueta informe empezaba a tomar la forma de un arbusto o un árbol pequeño. Pensó en el rostro impasible del varón que le aguardaba ¿Estaría dormido a esas horas? ¿O tal vez estaría desvelado, hundido en algún libro o viendo televisión a la espera de aquella visita inexorable? 
La silueta parecía crecer a cada paso que daba, debía tratarse de un árbol con toda seguridad, un árbol de estatura moderada, con un follaje discreto, cuyo color no pudo distinguir sino hasta que estuvo frente a él y a la luz del alumbrado: amarillo. Imaginó que, bajo la luz diurna, aquellas hojas debían parecer como barnizadas en oro.
«…debes subir por la cuesta y llegar hasta el arce de oro, allí encontrarás los aposentos del varón que espera…»
A un costado suyo se alzaba una fachada de concreto con una puerta amplia y maciza, cerrada. Alargó la mano hacia el pomo, como para asegurarse. Tenía la certeza de que, ahí dentro, se hallaba el varón que aguardaba.
Cerró los ojos por un instante. Estiró la mano y la llevó hacia una ventana situada a la izquierda del marco de la puerta, el tacto frío y húmedo del cristal le erizó los vellos del antebrazo. Recorrió el ancho de la ventana con su mano, palpando cada centímetro, como si buscase algo. De pronto detuvo su mano en un punto, ejerció una leve presión y la ventana retrocedió sobre su propio eje, permitiendo la entrada del ángel sigiloso.
A penas hubo dado el primer paso dentro del vestíbulo en penumbras y ya la casa se le ofrecía como un lugar muy propio y muy conocido. Sabía exactamente dónde debía dirigir sus pasos. Avanzó por un salón oscuro hacia las escaleras, a cuya subida aguardaba un corredor vacío. Caminó lentamente por el suelo alfombrado del corredor y empujó la última puerta a la derecha. Se adentró en un cuatro anegado por el más ceremonioso de los silencios. Cada paso que daba le sugería la nota de un nocturno, notas suaves, sostenidas, como gotas de lluvia contra los vitrales de una inmensa catedral abandonada en medio de praderas exuberantes, donde el musgo y la hiedra imparten su cátedra a los espíritus arrastrados por una brisa diáfana.  
Junto a la ventana, echado sobre un sofá de cuero negro, encontró el cuerpo de un hombre iluminado débilmente por una luz amarillenta. Semejaba estar en trance; tenía los ojos abiertos fijos en un punto del libro que reposaba en sus manos, pero con la mente ida hacia otros horizontes. Se acercó  a él un poco, muy poco, intentando no perturbar la quietud del cuarto iluminado por dos tenues lámparas incandescentes. Avanzó hasta el sofá y contempló por breves instantes las hermosas facciones oliváceas de aquel joven.
«…del varón que espera…»
Se arrodilló a su lado, despertando una reacción  inmediata. Las manos del hermoso joven se desprendieron bruscamente del libro que sostenían, sus ojos se habían abierto aún más mientras su cuerpo entero se tensaba en un intento vano por huir, sus músculos ya no obedecían.  
Entonces el ángel  posó su mano pálida sobre aquel pecho desasosegado, cerró los ojos por prudencia y se abandonó a la imagen de un corazón palpitante que iba haciéndose cada vez más lento y más rígido. Los latidos descendieron como las notas del nocturno que se extinguían entre las praderas salvajes. Cada suspiro se iba haciendo más suave y más pausado, la brisa ya no soplaba sobre los vitrales abandonados, el joven yacía sobre el sillón oscuro, plácido y hermoso como nunca antes, agonizante.
Cuando abrió los ojos contempló una expresión vacía, una mirada sin el más vago hálito de vida. Y entonces volvió en sí. Sintió que una angustia irrefrenable se apoderaba de su pecho, y supo de un dolor que carecía de raíces, pero que crecía fuerte, robusto, lancinante. Y comprendió  la vida, una cosa fantasiosa, efímera, como una presa huidiza, una presa que él, devorador insaciable, acababa de cazar, que acababa de robar. No era ningún ángel, no  era más que un ladrón de vidas.
Huyó de aquella casa pisando con energía, queriendo romper el silencio absoluto que imperaba. Recorrió el camino de regreso a la posada de Roxanne en menos de la mitad del tiempo que le había tomado la primera vez. Sus maletas esperaban en el vestíbulo, sólo debía tomarlas y alejarse de allí cuanto antes, llevándose la muerte lejos de su adorada Roxanne.
Subió a un taxi inmediatamente después de abandonar la posada. No sabía bien dónde iría, ni qué haría, cómo subsistiría. Ésta vez no había tomado de su víctima nada de valor, ni dinero, ni joyas, ni nada. Nada excepto una vida ¿sólo una insignificante vida?
Debía irse, marcharse lejos, muy lejos. Tomaría un vuelo hacia Florida o tal vez a California, el aire sureño ayudaría a despejar su mente.
Atrás debía quedar aquella noche de ardores en el lecho de la hermosa Roxanne, de ahora en adelante no sería sino un recuerdo lejano, enclavando en algún rincón recóndito de su memoria. Atrás debía quedar aquella ciudad y su posada, y sus amores fraternos. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Capítulo 8




Allí estaba, nuevamente, con sus ojos de un fulgor sombrío, sus pestañas de azabache y sus cejas ingenuamente aparejadas. Sus pupilas poseían una extraña luminiscencia, y a través de su discreta sonrisa se adivinaban unos dientes blancos y pequeños, fríos como fragmentos de un glaciar.  Le miraba fijamente.
—Mi ángel, mi precioso Ángel Letal —dijo. Sus palabras iban adornadas por un acento desconocido y cada halago era exaltado por el armonioso timbre de su voz.
Se encontraban en un lugar irreconocible, en una pradera extensa, rodeados por vetustos árboles de ramas desnudas. La lluvia se cernía sobre ellos con intensidad creciente.
Alguien les acompañaba.  Emergió de pronto la  figura de un hombre por entre unos arbustos de oscuro follaje. Desde la distancia en que se encontraba pudo notar que se trataba de un ser alto y de tez oscura.
La mujer extendió su brazo izquierdo hacia el desconocido  y movió sus dedos en señal de llamada. El desconocido obedeció al instante. A medida que se acercaba podían ir apreciándose mejor sus facciones. Su piel no era tan oscura como le había parecido en un comienzo, era más bien olivácea y despedía leves, casi imperceptibles, fulgores dorados, como si estuviese siendo acariciado en todo momento por los rayos del sol. Sus ojos eran oscuros y redondos, refinados como obsidianas. Su porte tenía algo de majestuoso, al igual que sus hombros, anchos, aunque no demasiado voluminosos, perfectamente rectos, que se balanceaban con cierto desdén a cada paso que daba. Sólo cuando ya estuvo muy cerca pudo apreciarse la pequeña cicatriz que surcaba la base de su mentón.
De súbito se oyó una voz surgir de entre la nada. Era la voz de Ella, que hablaba sin mover los labios.
—Mi ángel precioso, recuerda muy bien este rostro que ves frente a ti. Recuerda estos labios, porque a éstos traerás mi beso final.
» Recuerda, debes subir por la cuesta y llegar hasta el arce de oro, allí encontrarás los aposentos del varón que espera. Su corazón palpitará hasta el último suspiro, entonces besaré su boca y lo abrazaré muy fuerte, y arderemos en deseo por la eternidad. 
Escampó.  
Remy posó su mirada sobre los labios de aquel hombre, unos labios jóvenes, sensuales, humedecidos por la lluvia. Aquellos labios, del mismo tono oliváceo que la piel del rostro, parecían extender una invitación formal para ser besados, para ser acariciados suavemente.
Se oyó una risa cadenciosa. Era Ella, que reía complacida mientras se alejaba danzando. Y a medida que se alejaba, una niebla espesa iba surgiendo desde la tierra húmeda y olorosa. Por su parte, el desconocido volteó su cuerpo y volvió sobre sus pasos para ir a perderse entre las sombras de los arbustos, que no tardaron en ser tragados por la niebla, al igual que los vetustos árboles, y el césped, y la tierra mojada, y….


Despertó exaltado, jadeando y ardiendo en calentura.
Había vuelto a verla y ella lo había vuelto a llamar « Precioso Ángel Letal ». Esta vez no le cupo la menor duda de que aquella figura extraña, aquella mujer tan hermosa, de una belleza misteriosa, exótica y definitivamente sobrehumana, era la representación  de la Muerte, que lo llamaba nuevamente para que cumpliese sus “encargos”, para que robase una nueva vida.
« Arderemos en deseo por la eternidad ».
Conocía el significado de sus palabras, la parsimonia con que las expresaba. Había hecho de él su emisario, su “Precioso Ángel Letal”.
Miró a su alrededor. En medio de la penumbra y el silencio se reconoció en el cuarto de Roxanne.
« Roxanne…»
Aguzó el olfato; aún quedaban los vestigios de aquel aroma, el olor de la lluvia entremezclado al sutil perfume de Roxanne, la hermosa Roxanne, cuyo cuerpo aún entibiaba las sábanas a su lado. Podía oír sus leves suspiros, y  los rítmicos latidos de su corazón.
—Roxanne —susurró entre el silencio de la noche oscura. Y luego, recostándose a su lado y aspirando el perfume de sus cabellos negros:— Roxanne, mi hermosa poetisa, jamás olvidaré esta noche, jamás olvidaré tus suspiros, tus perfumes femeninos, el tacto caliente de tu piel, el sonido de tu pecho contra mi oído, la consistencia de tus senos bajo mis mano, las texturas secretas que jamás develaré. Roxanne, amada mía, tú alumbras mi vida en medio de las tinieblas, tú eres el ancla que me aferra a este lugar, a esta ciudad.
» Debo irme, Roxanne. No sé si volveré algún día, no sé si mis labios volverán a sentir la presión de los tuyos con tanta urgencia, no sé si volveré a amarte como te amo ahora, no sé si nuestro amor perdurará en el tiempo o se desvanecerá una vez que cruce el umbral de este cuarto.
» Mi Roxanne, tú y yo hemos sido siempre criaturas demasiado distintas, demasiado ajenas. Esta noche hemos salvado fronteras que nos dividían, hemos incursionado en las tierras del deseo y el amor. Pero ahora debo irme, y no sé si volveré…
Luego besó su mejilla y enredó sus blancos dedos en aquella cabellera de seda oscura y perfumada que se dispersaba por entre las almohadas formando un tejido delicado e infinito.
Al levantarse sintió de golpe el frío de la madrugada otoñal en Filadelfia y caminó a tientas por el cuarto oscuro, desnudo, buscando algo con qué cubrirse,  encontrando a su paso nada más que las huellas desesperadas de dos amantes con necesidad de amarse. Terminó por abandonar el cuarto aún estando desnudo.
El largo corredor a oscuras se le ofrecía como un túnel gigantesco e interminable. lLa penumbra parecía transformarlo todo a su alrededor, como si al apagar la luz surgiera de la nada un universo paralelo repleto de cosas maravillosas y desconocidas. Caminó a lo largo del corredor con los brazos estirados hacia adelante, tanteando el camino como los sonámbulos. Al llegar a las escaleras percibió el vacío que se extendía frente a su cuerpo y su corazón latió vehementemente mientras imaginaba lo que habría sucedido si su pie hubiese dado un paso en falso y se hubiese precipitado por aquel vacío. Buscó a tientas el barandal y se aferró a él fuertemente mientras procedía a descender, lenta y cuidadosamente, el primer escalón, y luego el siguiente, tanteando siempre antes de dar cualquier paso, previniendo todo, atento a todo y maravillado de la oscuridad como de un milagro inigualable.
Al llegar al descansillo vislumbró una luz tenue que venía desde la planta inferior. Con toda seguridad se trataba de la chimenea, cuyas llamas habían permanecido encendidas mientras los amantes emprendían su urgente carrera hacia los cuartos del piso superior.
Imaginó el reflejo de las llamas  sobre el parquet lustroso del salón mientras el hielo de la noche aleteaba enfurecido contra la puerta y los vidrios de las ventanas. Llegada la hora, tendría que coger sus ropas y salir a las gélidas calles de Filadelfia, subir la empinada cuesta hasta el arce de oro y tomar la vida del varón que aguardaba.
En su mente vio el rostro bien perfilado del desconocido, nariz recta no muy prominente y sus ojos oscuros, de una oscuridad implacable y desconocida como la noche misma. Aquel desconocido era un hombre muy atractivo, pero por alguna razón su belleza parecía no tener importancia, lo substancial ahora era que iba a morir y su muerte  sería lenta, sublime y plácida, como la de aquella hermosa doncella que aguardaba en medio de los bosques profundos de Sadness.
Sin embargo, existía la posibilidad de que su muerte se tornase, por razones desconocidas, en un ritual grotesco, violento y doloroso, un suceso tormentoso como la muerte que había experimentado, tiempo atrás, Rosalie McIntyre.
De improviso sintió el peso de aquel recuerdo sobre su consciencia. Con la mirada gacha, como si enfrentase a algún juicio implacable, visualizó aquel cabello rojizo que caía en apretados rizos hasta los hombros diminutos de una mujer anodina recostada sobre el prado de su jardín londinense.
Sintió que su garganta se estrechaba mientras un puñado de lágrimas pujaba en vano por emerger de sus ojos resecos. Frotó una mano sobre su pecho, como queriendo suavizar la angustia que empezaba a oprimirle, aquella angustia terrible y mordaz que acecha a las almas culpables de quienes se reconocen a sí mismos como asesinos.
En su recuerdo, ella reía. Estaba tendida de espaldas sobre la hierba húmeda, con el  rostro de frente al sol distante de una mañana de abril en un Londres inusualmente despejado, libre de aquella niebla densa y sofocante que aprisionaba la ciudad entre sus fantasmagóricas garras. Su piel pálida y de apariencia frágil relumbraba bajos los rayos esquivos. Llevaba puesto un vestido amplio de gasa de color blanco, semejante a un camisón de dormir. Su mano izquierda reposaba sobre su vientre, mientras que la derecha desenredaba con pereza un enmarañado mechón cobrizo apegado a su sien.
La había vislumbrado en sus sueños unas cuantas noches atrás, pero en su sueño su mirada era ausente, y su expresión era tan serena como un ocaso en primavera. Pero aquella mañana, tendida sobre su jardín, le pareció más viva y risueña que nunca. Reía. Reía y hablaba consigo misma. Su diminuta nariz se contraía en mil graciosas arrugas mientras ella reía y acariciaba su propio pelo.
Él se había acercado con mucho sigilo, cual felino que ronda su presa, estudiando atentamente cada detalle y cada movimiento. El sol acariciaba también su piel con ternura, y no le hería, como solía hacer en los primeros años de infancia, cuando una simple mañana soleada le provocaba quemaduras y una ceguera que, aunque momentánea, le resultaba siempre dolorosamente exasperante.
Antes de que hubiese podido llegar a su lado, la mujer se había incorporado hábilmente y  escurrido a la casacón celeridad. ¿Acaso se había percatado de su presencia? Parecía poco probable, los momentos antes de la muerte solían ser calmos, las personas se quedaban siempre en un estado como aletargado, ajenos a cuanto sucedía a su alrededor, un estado de vulnerabilidad e indefensión capaz de conmover al dios más despiadado. ¿Cuándo alguna de las “víctimas” se había percatado de su presencia? ¿Cuándo alguien había rehuido de él?
Se había acercado a la casa, rodeado el camino hasta la puerta trasera por donde ella se había escabullido, había entornado el pomo de bronce y… ¡cerrado!
— ¿Qué busca? —escuchó que preguntaba desde el interior.
¿Qué buscaba? La buscaba a ella, debía llevar hasta ella el abrazo frío de la muerte, aunque no lo dijo, guardó silencio y esperó a que ella repitiese su pregunta.
— ¡Qué quiere! ¡Lárguese de mi propiedad!
¿irse? No, no podía irse, tenía una misión que cumplir. Nada bueno podía suceder si no cumplía la horrorosa misión que Ella le había dado. Aunque tampoco estaba seguro de poder cumplir con su cometido esta vez.
Había dado una rápida mirada a su alrededor, el patio trasero de una vivienda sencilla en un barrio bien ubicado, lejos del centro. Un lugar así debía estar habitado por las siempre eficientes y refinadas amas de casa inglesas, esos seres extraños, capaces de transformar un insignificante sueldo de empleado promedio de oficina en jardines con flores, pasteles, té, cucharas y cubiertos siempre reluciente, vajilla impecable, ropa limpia, sonrisas condescendientes y modales de madame. ¡Ah, las amas de dulces amas de casa de Inglaterra! ¡Ocultan sus miserias en teteras de porcelana y disimulan su disgusto con lápiz labial en tonos corales!
Pasos del otro lado de la puerta. Se alejaban. Tal vez era que su influjo comenzaba a hacer efecto, de manera algo tardía. Tal vez la muchacha se estuviera replegando, del otro lado de la puerta, retrocediendo lentamente, cayendo en una dulce somnolencia, entregándose impasiblemente  a su destino. Remy se había lanzado hacia el pomo de aquella puerta de madera recubierta con óleo blanco impoluto, y lo había entornado muy lentamente, accionando la intrincada maquinaria de resortes y engranajes que le permitirían abrir la puerta e ingresar a la residencia. Adentró su cuerpo en la cocina, de aspecto viejo y descuidado. Platos apilados sobre el lavadero, ollas sucias y sartenes ennegrecidos sobre el fogón, olor a vainilla entremezclado con café. No se habría imaginado jamás que tras una fachada tan pulcra se escondiese un interior tan desaliñado. Caminó hacia la puerta que comunicaba con el comedor con paso ligero, como hacia siempre, actuando casi sin pensar, dejándose llevar por la solemnidad del momento.
No bien había franqueado la puerta cuando un objeto, aparentemente de vidrio o de porcelana, se estrelló contra su cráneo. El impacto le había hecho trastabillar, aunque había recuperado la compostura casi de inmediato. Dejando de lado la confusión y la duda, se había  vuelto hacia su atacante, que huía  agitadamente escaleras arriba. Le siguió, guiado por un impulso irrefrenable. Esa muchacha debía morir, ése era su destino, no entendía cómo ni por qué se las había arreglado para rehuir el abrazo mortífero que él, mensajero implacable, traía para ella. La siguió hasta un cuarto de color rosa cuyo único inmobiliario estaba compuesto por una cuna de madera y una silla mecedora de color blanco impecable, como recién pintada. En un extremo del cuarto, apegada a la pared, la mujer terminaba de cargar las balas a un revolver pequeño y reluciente, apuntándole en todo momento.
— ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Váyase! —exclamó, mientras dirigía a él una mirada cargada de súplica. — ¡Por favor! ¡No me obligue a disparar! ¡Sólo váyase!
Había querido retroceder, pero entonces, al menor movimiento, ella había jalado el gatillo apuntando a su brazo derecho. La bala había salido disparada dibujando una trayectoria recta en dirección a su brazo, pero algo ¡ALGO! La había hecho explotar mucho antes de impactar su objetivo. La bala había hecho una pequeña explosión y luego ¿Se había simplemente desintegrado?  ¿O es que el movimiento tembloroso de aquella mano inexperta le había hecho describir una trayectoria inesperada y se había incrustado en algún lugar dentro de la casa? Había sucedido muy rápidamente, la velocidad con que una bala es despedida del cañón hace imposible apreciar un hecho como el que Remy creía haber presenciado ¿Por qué entonces creyó haber visto la bala explotar antes de impactarlo? Todo sucedía tan velozmente… de pronto se vio a sí mismo lanzándose sobre aquella mujer de alborotado cabello rojizo, la había derribado, ella se había debatido, él le había arrebatado el arma con un certero zarpazo, se había impulsado hacia atrás y…. ¿le había disparado en el pecho, en el corazón? Sí, lo  había hecho. Tal vez había pensado que sería una muerte efectiva…. Una bala sobre el corazón. Pero no.
De pronto había sido consciente de sí mismo, estaba en un cuarto de paredes rosa, de pie, desbaratando un arma, dejando caer los proyectiles y desparramarse sobre el piso alfombrado. A unas pulgadas de él yacía una mujer con el pulmón izquierdo destrozado, aún viva, con el pecho ensangrentado, respirando dolorosamente y con dificultad, intentado enhebrar alguna frase vanamente. Sus ojos estaban abiertos de par en par, su mirada parecía sorprendida y asustada al mismo tiempo, sus movimientos eran convulsos, su boca se retorcía, sus manos se crispaban en señal de dolor, dolor intenso, lancinante.
Sus ojos anegados en lágrimas rehuyeron la escena inmediatamente. Había abandonado el cuarto para ir a internarse en el cuarto contiguo. Una cama baja con colcas de algodón, paredes de color ocre, llena de cuadros y fotografías, diplomas y objetos de escaso valor. Por todos lados aparecía esa cabellera rojiza y esos ojos risueños, pequeñitos y sinceros. Su nombre era Marie Claire McIntyre y el colegio de Saint Exupère de Londres le había otorgado un diploma de honor por su destacado rendimiento académico durante la secundaria. En todas sus fotografías aparecía usando largos vestidos holgados en tonos suaves, polleras amplias con bellos plisados, blusas blancas, flores en el cabello.
Había cumplido su misión, la mujer de cabello rojizo y dulces ojos verdes que había visto en sus sueños yacía en el cuarto contiguo agonizante. No tardaría mucho en morir, o eso había esperado. Tal vez tendría que utilizar un último balazo antes de que la policía llegara. Debía apresurarse.
Al llegar a su lado la mujer aún vivía, pero apenas. Había cerrado los ojos, su piel había palidecido y sus miembros estaban entumecidos. Un pulso débil e insignificante aún persistía en su cuello, aunque no por mucho. Remy se había volteado una vez más, absurdamente conmocionado. Se había allegado a la cuna, había acariciado la suave colcha de franela que la cubría, era amarilla y tenía bordadas unas letras la parte superior.
« Rosalie McIntyre ». Era un nombre, bordado en la parte superior.
Un silencio profundo, de una profundidad sin límites, le había avisado que la mujer había muerto, finalmente. Se había acercado a su cuerpo inerte, había extendido una mano para tocarlo, como queriendo extender una sincera disculpa, cuando, de pronto, lo había sentido, lo había… oído. Un latido, un pequeño latido, que rehusaba extinguirse. Pero no era el latido de ella, era… el latido de lo que había dentro de ella… la pequeña Rosalie, que hasta entonces no había sido sino un fantasma lejano, se materializaba por fin para recibir el oscuro regalo de la muerte le enviaba por medio de él. Había posado su mano sobre el vientre de la mujer, un vientre discreto, poco abultado, imperceptible bajo su bonito vestido blanco. Remy había cerrado los ojos y había visto en su mente cómo aquel diminuto corazón se detenía. 









domingo, 18 de diciembre de 2011

Sobrenatural.- capítulo siete (El encuentro)

La intensa lluvia, desatada sólo unos momentos atrás, seguía cayendo con la misma algarabía de los carnavales de Nueva Orleáns. Su aroma húmedo y algo salvaje se filtraba por los ventanales y anegaba el ambiente.
Roxanne se había quedado de pie, muda, junto a la chimenea, en una postura que, si bien no era propia de los seres celestiales, le otorgaba un cieto aire etéreo y algo angelical. El fuego se reflejaba en sus límpidos ojos color avellana, los hacía resplandecer y les otorgaba una ficticia aura sobrenatural. Pero ella no era así, no era sobrenatural. Heath sí, él poseía esa aura a su alrededor todo el tiempo. Él hacía resplandecer cada cosa que tocaba.
Quiso llamarla, mas no se atrevió a romper el hechizo del silencio. Pero, como si se lo hubiesen soplado al oído: « ¡Heath! » Roxanne se volvió de golpe y vio aquella figura recortada contra la pared. El fuego alargaba su silueta; la alargaba y la estrechaba, encendía y apagaba su aura angelical
«Un ángel… » pensó.
Y la lluvia, la lluvia que caía y se precipitaba contra los tejados. La lluvia con ese incesante martilleo sobre sus tímpanos. Y su aroma, que era como el perfume de Heath.
A Roxanne le hubiese gustado dilatar aquel momento por la eternidad. Detener el reloj de la vida, detenerlo para siempre, todo con tal de tener para siempre en las paredes de su memoria aquel retrato de su amado iluminado por el fuego.
Ella quiso gritar su nombre, pero de pronto ya no hubo necesidad de emitir sonido alguno. Sus ojos lo llamaban, su piel suplicaba a viva voz, su respiración parecía bramar “¡Heath, Heath!”
—Heath —no pudo evitar susurrar su nombre, aunque luego se arrepintiera.
El llamado rompió de súbito el ambiente. De golpe se hizo entre ellos una distancia infinita, él se alejó y volvió a ascender a su mundo, mientras que ella quedó atrapada en aquella posada de Pennsylvania.
—Heath, yo…
Entonces vino el milagro.
¡La lluvia, la lluvia que golpeaba con ímpetu los cristales de las ventanas! Toda la casa estaba llena de su esencia fantasmal, en toda la casa resonaban sus notas diáfanas, su sinfonía mística, salvaje, pura. Era melancólica como las gaitas de las altas tierras de Escocia, o como los tambores carnavalescos del Caribe; era salvaje como los cantos de las tribus indígenas, pero tan refinada como los clavicémbalos parisinos. La lluvia y sus acordes arcanos…
Se acercó, clavando en las frágiles pupilas de Roxanne sus pupilas demasiado agudas, demasiado densas y urgentes; aquellas pupilas que daban a cada mirada un aire fugaz. Se acercó más y más hasta hacerla retroceder, hasta que su mirada la traspasó y recorrió todo su interior, hasta respirar el aire que ella exhalaba y sentir su pálpito urgente. Se acercó hasta tocarla con sus ojos efímeros, hasta que la intimidad se hizo al fin entre ambos. Así se acercó.
Roxanne había sentido gestarse aquella burbuja adentro, muy dentro de sí. La había sentido gestarse, desarrollarse y crecer como los lirios en primavera, crecer y desarrollarse conforme el tiempo que Heath pasaba a su lado. Y aquella noche, iluminados por el fuego palpitante de la chimenea, muy cerca el uno del otro, la sintió explotar y evaporase y expandirse en todo su ser. Y al tiempo que sentía su cuerpo elevarse, como se eleva el vapor en la atmósfera, sintió una leve presión en los labios, y luego sintió que el espacio se reducía, faltó aire a sus suspiros y se dejó arrastrar desfallecida hacia tierras y mundos inexplorados, adentrándose en territorios indómitos, descubriendo una geografía inescrutable, hundiendo sus narices en jardines enredados de albos perfumes.
Ninguno de los dos habría de saber jamás cómo fue que subieron las escaleras entre la penumbra y se adentraron en aquel cuarto. En la memoria de Roxanne sólo quedarían los recuerdos de una exploración hacia lo desconocido y lo excitante.
Él recordaría por el resto de su existencia aquellos muslos parejos, aquella fragilidad casta y el perfume de la lluvia en sus cabellos negros, en su sudor, en sus más secretos escondites.
Sólo las paredes lo ven todo y todo lo recuerdan. Sin embargo, ninguna de aquellas paredes podrá reproducir jamás aquella noche de deseo y de secretos rituales. 

martes, 1 de noviembre de 2011

Sobrenatural.- capítulo seis (tercera parte)

Viaje.
Un viaje infinito, un viaje eterno, sin fronteras y sin esperanzas de regresar.
Por fin se detuvo aquel tictac incesante, y también el murmullo de mi agitada respiración. Ya no me aquejaba el dolor de mi propia agonía y el mundo ya no me parecía un lugar de tormentos y angustias.
Viajé por mi vida, vi mi alumbramiento, repasé momentos de mi primera infancia, de mi juventud, y ya nada fue doloroso sino preciso, todo calzaba como piezas de reloj.
Navegué por aguas tumultuosas bajo tempestades apocalípticas, bajo el desamparo y la soledad, pero no llegué a asustarme ni mucho menos afligirme, porque ahora comprendía la razón de todo ello.
El hombre debe atravesar toda una vida para poder crecer, para poder desarrollarse y desenvolver sus alas. Y al final, al final de todo, al final de la vida y al final de la muerte, puede al fin despegar y volar en libertad. Entonces entiende que todo es pasajero, que todo lo bueno y todo lo malo se va, y que sólo queda lo que ha aprendido.
Quise desdoblarme, quise soltar mis ataduras, pero aún no era el momento. Quise partir, pero aún me restaban muchos tormentos, muchos suplicios, y también muchas satisfacciones, y muchas alegrías, y muchas misiones. Aún me quedaba mucho por aprender.
Entonces, en medio del vacío y la nada, me reincorporé lento, muy lento, y despegué los ojos despacio, mientras mi cuerpo se mecía como se mece a un bebé en su cuna. Y entonces, sólo entonces, cuando recibí en las pupilas el primer fulgor tenue del crepúsculo, supe que no había muerto.

La luz del alumbrado me daba directo en los ojos.
Me hallaba de espaldas sobre el asiento trasero de un coche. Era de noche y estábamos en la carretera. Desde de mi posición alcanzaba a vislumbrar que el asiento del conductor estaba siendo ocupado por una mujer, debía de ser Françoise.
La cabeza me estaba matando por segunda vez, y apenas podía sentir mis miembros entumecidos. Me ardía la piel del rostro y tenía la circulación obstruida en las muñecas, luego entendí la razón: las tenía amarradas.
Estaba acostado a lo largo sobre el asiento trasero del vehículo, mi vehículo, y en vez de preguntarme hacia dónde nos dirigíamos me pregunté de dónde diablos habían sacado combustible y electricidad para hacerlo andar.
Intenté acomodarme pero me hallaba inmovilizado.
De pronto sonó un teléfono móvil. Françoise se apuró en contestar . Primero habló en inglés, pero luego empezó a hablar en francés, creo que porque pidió que le pasaran a otro tipo.
—Lo tengo, tuve que reducirlo, pero está bien —su voz parecía irritada— ¿Qué? Cómo demonios voy a saberlo, él simplemente llegó y preguntó por Melinda. ¿Qué debía hacer?
—Calló unos instantes como quien debe recibir una perorata interminable, luego asintió un par de veces, se despidió y dejó dicho que no estaría localizable hasta mañana. Después me miró por encima del hombro. Pareció extrañada por unos segundos, pero en seguida volvió la vista al volante y se acomodó el pelo.
—Has despertado.
No respondí. La cabeza me seguía ardiendo y tenía todo el cuerpo incómodo. Por instantes creí ver una sonrisa maliciosa dibujada sobre su rostro cansado. Noté que tenía un gran moretón en el lado izquierdo de la cara, seguramente por el escobazo que le había propinado.
— ¿Cómo te sientes?
—Al carajo —respondí por lo bajo. 
Ella se dio vuelta y me miró de nuevo.
— ¿Te duele? Tuve que golpearte con un rifle y te dejé knock out.
El sonido del teléfono la interrumpió. Lo tomó con desgano y miró la pantalla. ¡Carajo!, exclamó. Contestó y habló en francés .
—Diga —fue lo único que le oí decir, después se quedó callada escuchando a su interlocutor con silencioso respeto. Al final aceptó todo lo que le habían dicho y cortó sin despedirse. Parecía ser algo importante.
Me miró con gesto de lástima e hizo ademán de decir algo, pero se arrepintió, entonces se dedicó a conducir en silencio y mirando al frente. No confié en su actitud y seguí tratando de sentarme. Pronto descubriría que no había forma: estaba atado de pies y manos y para colmo de males la cabeza me dolía como el carajo.
Françoise encendió la radio e intentó sintonizar una emisora, pero le fue imposible. En vista de ello, abrió la guantera y sacó una pila de estuches de discos compactos y los depositó en su regazo. Empezó a leer los nombres en voz alta: Tchaikovsky, Mozart, Vivaldi. Todos descartados, no estaba de ánimos para ninguno, según dijo. Beethoven, Strauss, Bach ¡Schumann! No, ninguno de ellos se le antojaba, ni siquiera Schumann. Entonces apareció Chopin. Sacó el CD de su estuche y lo puso en el reproductor. La atmósfera cambió de súbito bajo la influencia de su nocturno nº 10.
Por mi parte, no me encontraba de ánimos para arranques intelectuales. Y por lo demás, no dejaba de extrañarme que una campesina ruda pudiera gustar de aquellos acordes.
Françoise me miró con ojos burlones y me preguntó:
— ¿Te gusta Chopin?
No contesté, aunque me hubiese querido insultarla y enviarla a los cálidos aposentos del infierno. 
— ¿Acaso estas enojado? —Su voz era notoriamente sarcástica y su acento inglés relumbró aún más— ¿Lo estás?
—Dónde demonios me llevas —no pareció una pregunta, mi voz se notaba furiosa y petulante.
Ahora ella se quedó sin contestar. Ese juego de “te pregunto y te quedas callado” me traía mareado.
Traté de levantar más la cabeza y mirar por la ventana a ver si adivinaba por dónde íbamos. Pero no pude distinguir más que los postes de la carretera con sus lucecitas anaranjadas entre la negra espesura de la noche.
Estiré las piernas de golpe y fueron a dar contra la puerta haciendo un ruido sordo. Aquello pareció molestar a Françoise, que me miró con ojos fieros. Volví a estirarme y a golpear la puerta; repetí la acción hasta que la harté.
— ¡Basta!
Insistí, no sabía bien con qué fin. Tal vez la puerta se abriera y yo saliera rodando por la carretera a ver si alguien me rescataba.
—Muy bien, Jacques —dijo total y claramente irritada— ¿Quieres saber dónde vamos? Nos dirigimos hacia tu tumba ¿Me oyes bien? ¡A tu tumba!
Silencio profundo y cortante. No me esperaba esas palabras de su parte. Se me erizó el vello del cuerpo y una gota de sudor frío me cruzó las sienes.
—Está bien —concilió, al tiempo que exhalaba un suspiro que no había podido reprimir— Me pasé —continuó— sólo déjate de estupideces y todo estará bien.
¿Y cómo se suponía que debía interpretar aquel “todo estará bien”?
—O sea que me voy a morir —sentencié.
Ella me miró fijo, se debatió un instante y contestó:
—No, si todo sale como espero, no tendrás que morir. 
« Si todo sale como yo espero»
—Pero y si no sale como tú lo esperas ¿cómo se supone que voy a morir? ¿Acaso me vas a matar?
Otro silencio.
Mi ánimo cambió con las primeras notas del nocturno nº 15.
—Voy a morir —insistí.
Ella no me miró y, con los ojos fijos al frente, siguió conduciendo.

— ¿Cómo me hallaste? —interrogó de improviso.
—Ya te dije, estaba ebrio y me desvié.
—Sí, claro, cómo no —dijo irónicamente— Déjate de juegos, Jacques. Cómo me hallaste.
—Estás loca. Eres una maldita paranoica.
—Sarah Melinda Rogers —continuó— Hace mucho que nadie la nombraba.
Entonces caí en cuenta del trágico final de la pobre Sarah Melinda: Françoise la había asesinado. La había asesinado, había hecho desaparecer el cuerpo y apoderado de  la propiedad.
—Melinda está tan muerta como su recuerdo —espetó.
— ¡Tú la mataste!
Se echó a reír.
—Eso creo —contestó— Y por eso no sé cómo la encontraste.
Quedé perplejo. Durante unos segundos mi mente divagó en el mar de coincidencias que me habían llevado hasta ese punto. Era difícil creer que sólo por azar hubiese llegado hasta la casa de Melinda y me encontrado a su asesina. Tal vez fuera obra de un ser supremo, no lo sé y nunca lo sabré.
Françoise me miró fijo a los ojos, arqueó una débil sonrisa y confesó:
—Yo soy Sarah Melinda Rogers ¿Acaso no lo sabías?
Entonces, definitivamente, no entendí nada. Todo lo que sabía hasta ese momento me pareció poco ¡La verdad era tan inmensa y tan difícil de sobrellevar! Estaba con la mismísima Melinda Rogers, la última persona en ver a Rémy Bradley con vida. Melinda, la testigo clave.
La garganta se me apretó y no pude articular palabra alguna. Sentí que la sangre se me helaba y mi pulso se aceleraba a un ritmo exorbitante. No podía ser casualidad.
Ella siguió hablando con su mismo tono de voz, ya no tan irónico y un poco menos rudo.
— ¿Pensaste que lo sabían sólo tu padre y tú? Ay, Jacques ¿Creíste que podrías ser el héroe de esta historia? Pues lo siento, pero no. Ellos estaban al tanto de todo lo que tu padre hacía, de todas las preguntas que formulaba, los lugares que frecuentaba, con quienes hablaba, lo que escribía, todo. Si hasta ellos mismos le facilitaban información, aunque toda era falsa, desde luego.
» Me advirtieron que tuviera cuidado y preferí volver a mi antigua cabaña ¡Tuve que volver a comprarla! Pero jamás creí que serías tan osado como para seguir mis pasos hasta aquí. Te admiro, Jacques Baudelaire.
Pero no merecía tantos elogios, yo sólo me había dejado arrastrar por algo así como un destino.
— ¿Quiénes se supone que son Ellos? —pregunté.
No contestó.
—Mira, Jacques, me caes bien y no pretendo hacer daño a nadie. Ya antes me vi obligada a traicionar a mi mejor amigo y éste acabó muerto — ¿Hablaba de Remy, verdad?— No quiero que las cosas salgan mal para ti, así que mejor hazme caso.
» Ponme atención: como sé que no quieres volver a casa y yo tampoco quiero que lo hagas, tomarás el primer boleto de ida a Nueva York y empezarás una nueva vida. Yo le enviaré a tu padre un mensaje anónimo con amenazas para que abandone su estúpida investigación. No le pasará nada, pero seré convincente ¿Queda claro?
Mis sentidos estaban por colapsar. Era demasiada información como para absorberla en unos pocos segundos.
Después de unos momentos comprendí que lo que Melinda estaba diciendo era “Estás jodido, metieron la pata hasta el fondo tu padre y tú, así que vete a Nueva York y hazte una vida allá”
Todo aquello era como estar inserto en una pesadilla eterna e ininteligible.
— ¿Estás oyendo lo que te digo, Jacques?
— ¿Quiénes son Ellos y qué le hicieron a Rémy Bradley?
Me miró estupefacta.
—De verdad, Jacques, creo que estás mal de la psiquis. ¿No ves que tus malditas preguntas y tu maldita curiosidad te han traído hasta aquí? Podrías estar muerto ¿lo sabes, verdad? Limítate a hacerme caso y no preguntes más idioteces.
La miré fijo, intentado poner los ojos como lo hacía ella, y creo que el resultado no fue intimidante sino gracioso.
Ellos —explicó con voz irritada— se cagaron a Rémy Bradley, quien era mi amigo de la secundaria. Ellos —continuó— son los que te me acaban de ordenar que te haga desaparecer sin dejar huellas, y lo haré si así lo prefieres.
Tragué saliva. Terminé de convencerme de que era mi decisión si moría o no esa noche y opté por vivir. Vivir, pero sin abandonar del todo mi investigación, no podía hacerle ese desaire a Rémy, que tanto me había ayudado a superar mis problemas personales dándome algo distinto en qué pensar.
 Después de haber pasado un tramo quise continuar la charla, con más cuidado, pero con la clara intención de obtener información.
— ¿Nueva York, en América? Creí que eras inglesa.
Ella suspiró hondo, intentando reprimir su exasperación.
—Ya que prometí no volver a hablar de esto ¿Qué le pasó a Rémy?
— ¿Lo hiciste? ¿Lo prometiste? —preguntó con ansiedad.
Asentí con humildad.
—Lo mató la Inquisición. Aún no sé bien por qué, pero supongo que por venir de dónde venía, tú sabes, su familia, su verdadera familia.
» Como seguramente lo habrás investigado, Rémy es el último descendiente de Juliette Remour. Su madre, Gabrielle Saint-Lancré, lo entregó de recién nacido para salvarlo de la Inquisición.
» Rémy fue a dar con los Bradley, creció y se educó con ellos en Inglaterra. Todo ese tiempo la Inquisición se mantuvo al tanto de sus pasos, asegurándose de que no hubiera contacto alguno con los paganos, pero no era suficiente, así que en cuanto se presentó la oportunidad, lo mataron.
» Fue en Saint-Lô. Supieron que iba de gira y aprovecharon las circunstancias para tenderle una emboscada.
» El día anterior ellos me habían “contactado”. Sabían dónde vivía, qué hacía, quiénes eran mis padres y que tenía problemas con el francés. No quería hacerlo, pero créeme, esos desgraciados tienen sus métodos para hacer que cooperes. Si no accedes a sus peticiones en nombre de Dios, te liquidan. A ti y a toda tu familia.
»Su plan consistía en que Rémy vendría a darme clases de francés y yo tendría que entretenerlo hasta que se hiciera muy tarde. Les dije que para llegar hasta el hotel, Rémy debía atravesar un callejón muy poco transitado, ellos lo arreglarían todo para la emboscada, sólo tenían que asegurarse de que estuviera oscuro.
» No quería que Rémy muriera, él era tan bello, tan enigmático, tan puro… ¡No podía evitarlo, lo amaba con desesperación! Soñaba con besar sus labios, con acariciar sus cabellos, sus cabellos… pero qué podía hacer, ellos iban a matarme, a mi hermana, a mi abuela, a mí y Dios sabe cuántos más ¡Ellos estaban locos, y decían que era su misión!
Inquisición, misión, tortura, muerte. Esto había dejado de ser una novela de misterio barata y había dado paso a una maraña imposible de esclarecer, una maraña que me atraía peligrosamente y me convertía en un adicto. Porque era un adicto, ya no un adicto al alcohol sino un adicto Remy.
Intenté calmarla, pero me fue imposible, parloteaba tan ensimismada que por poco nos impacta un vehículo en un cruce de caminos. El auto patinó sobre el asfalto en círculos como el mejor de los patinadores olímpicos que van de ciudad en ciudad con los circos rusos. Melinda obró un milagro y retomó el control antes de que nos volcáramos. Estacionó en la berma, lívida, y bajó, no sé para qué. Entonces vi mi oportunidad e intenté desesperadamente de librarme de las ataduras y poder huir, pero apretaban tan firmemente mis manos que no cedieron ni por mi fuerza ni por la fiereza de mi mandíbula.
Mis manos estaban muy bien atadas, pero no así mis pies.  Las ataduras de mis pies estaban flojas. Me quite un zapato, luego el otro, y entonces la atadura cayó por sí sola.
Intenté incorporarme, pero caí del asiento y me aplasté los testículos. Me senté  en el piso del vehículo, lloré un poco el dolor y procuré abrir la puerta. Estaba asegurada, como no, y con cierre centralizado. Intenté alargar la mano hasta la puerta del conductor, donde se encontraba el panel para el cierre centralizado, pero los brazos no me alcanzaban, no mientras estuvieran juntos. Forcejeé para vencer las amarras hasta que me disloqué el pulgar, aún así, seguí intentando hasta que liberé mi mano izquierda.
Alargué mi adolorida mano hasta la puerta. A penas si alcancé a presionar el bendito botón. Y luego recuerdo haber salido disparado hacia un destino incierto.
Melinda salió tras de mi al instante, corriendo, gritando mil maldiciones hasta que aquel bus interurbano de una línea que no recuerdo la impactó de costado y la arrastró por lo menos siete metros hasta que el conductor atinó a frenar.
Lo último que puedo recordar fue haberme acercado y ver su cuerpo desmembrado, sus brazos casi desprendidos, las piernas convertidas en algo asquerosamente impreciso y su rostro deformado e increíblemente hinchado; el cráneo partido, la nariz hundida, la mandíbula colgando y un ojo sobresalido.
Entonces fue como un sueño, ví luces parpadeantes —rojo y azul, rojo y azul, rojo y azul—y después todo se iluminó bajo una luz fluorescente en un cuarto muy claro y con olor a éter.